
“Ella” caminaba por las calles miraflorinas en busca de un regalo para Mafer. Salió decepcionada de una tienda porque nada resultaba suficientemente interesante, decidió hacer una parada estratégica, necesitaba un par de cigarros. Mientras intentaba prender uno de ellos con un encendedor prestado, alguien le tapo los ojos, “Ella” se puso nerviosa, voltio rápidamente, y sí, era “´Él”.
No se habían visto en varias semanas, esa noche calurosa en aquel hotel limeño se habían quedado en vagos recuerdos, “Él” no la había llamado y “Ella” orgullosamente tampoco lo había hecho.
Irónicamente “Ella” se puso nerviosa, no sabía qué decir porque la última imagen de “Él” que “Ella” recordaba y latía en su cabeza era la de un hombre echado semidesnudo a su lado.
“Él” la invitó amablemente a tomar un café, conversaron, “Ella” no podía evitar reírse, siempre resultaba grata una conversación con él. Pasaron los minutos y se hacía un poco tarde, la noche anunciaba su llegada.
“Ella” notaba que “Él” no la miraba a los ojos en ciertos momentos, hasta que decidió preguntarle: “Te pasa algo?”. Él la miró y le dijo: “Sí, me caso en 6 meses”.
El mundo se derrumbó en sus manos, las paredes se desprendían y las luces se apagaban, los carros dejaron de transitar, los sonidos se extinguieron, “Ella” se sientio más pequeña, la cabeza le iba a explotar, qué estaba sucediendo?, “Ella” no pidió explicaciones, no tenía el derecho a solicitarlas. Lo abrazó y lo felicitó y le dijo: “Tengo cosas que hacer, perdón pero no puedo quedarme más tiempo. Suerte y nos vemos ponto”.
“Ella” lloró todo el camino a su casa. Fue en ese momento donde se dio cuenta que estaba enamorada de “Él” y que era demasiado tarde.
Y así acaba esta loca historia, simplemente así.










