Y volvi a entrar a tu departamento, a ese espacio que me acogió muchos meses atrás. La ubicación de los muebles me resultaba familiar conocía el significado de las luces y de los sonidos que recorrían el ambiente.
Tu cama como siempre destendida, la lap top como siempre prendida con la música habitual y las ventanas abiertas para que el humo del cigarro encontrara su salida.
Nos sentamos y conversamos del presente, de las casualidades y del pasado que no nos vinculaba. Te miraba y tú sonreías, intentaba reconocerte de nuevo, saberte y olerte para entender y asimilar porque eras mi pasado, porque te había escogido en ese momento para compartir nuestras noches.
Simplemente hablabas y trataba que monopolizaras la conversación para convertirme en una simple espectadora. Quise hacerte preguntas, esas preguntas incomodas … ese que hubiera pasado si… pero simplemente no lo hice, no valía la pena.
Debo confesarte que por momentos, en ese pasado, confundí tus palabras y tus manías, pensé, no pierdes nada Sandra, solamente ganas compañía. Ahora luego de varios meses, ya no me pregunto lo mismo, ahora las cosas cambiaron, ahora me pregunto por qué lo hice, por qué te escogí o por qué abrí tu puerta.
No tengo respuestas, no puedo responder fue la soledad, sería absurdo, sería tonto, sería infantil.
Tus manos que intentaron calentarme en esos momentos ya no generan la mas mínima sensación ni en mi mente ni en mi cuerpo.
Las horas pasaron, por ahí también algunos cigarros y unas copas de vino. Tal vez pensaste –erróneamente- “creo que hoy es la noche”, no, te confundiste, las horas pasaban, yo no intentaba seducirte, ese no fue el plan, solo era conversar, sentí que te desesperabas querías más, no sabías qué hacer para conseguirlo.
Luego de tres horas, me levanté, tomé mi cartera. Dije –uy, es tarde, tengo que irme. Oye un gusto, hablamos otro día- Te deje sentado y no terminamos envueltos entre las sábanas .… te equivocaste.