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martes, 6 de octubre de 2009

Hoy te extrañe ...

Abrí la puerta. Estabas inundado en tus lágrimas, traté de escucharte, pero tu voz resquebrajada no me dejaba descifrar el sentido de las oraciones, tu voz destrozaba el lenguaje y la comunicación entre nosotros era imposible… solo atiné a abrazarte a preguntarte que había sucedido…

Me miraste y tus ojos dibujaban la tristeza más profunda que nunca antes había presenciado. Sus labios se abrieron y un eco golpeó mi cabeza: “Mi papá acaba de fallecer”, no sabía que decir, no entendía que sucedía, estaba en un mundo paralelo, quería despertar de esa pesadilla…

Segundos más tarde reaccioné y entendí que era real la noticia, solo que no podía procesarla.

Me desconecté del espacio y del tiempo, inmediatamente se recreó en mi cabeza la imagen del día anterior … sentada en la casa de Rafael en una parrillada con toda su familia.

Ese día su papá me había tomado la mano justo cuando intentaba hacerme un chroripan, me miró y me dijo: “Sandrita, si yo hubiera tenido una hija mujer, definitivamente, hubiera sido como tú”. Lo miré y lo abracé como si fuera mi papá y le dije: “Tío, yo soy tu hija”.

Yo amaba al papá de Rafael, era el papá de un amigo de la infancia, pero su dulzura, su serenidad y su mirada, me hacían recordar a mi abuelo, mi Tío Carlos era bastante mayor y sentía que si mi abuelo viviera sería como él.

Hoy lo recuerdo como si fuera ayer, siempre sonriendo y leyendo a Borges los domingos por la tarde…

jueves, 23 de abril de 2009

Mereces una Segunda Oportunidad

Eran las tres de la tarde de un día cualquiera, sonó mi teléfono, reconocí el número, era Mafer*, le contesté el teléfono inmediatamente, como si no hubiera tenido la necesidad de pensar, no instruí a ninguna parte de mi cerebro a hacerlo, solo conteste y le dije: “Mafer, cuéntame...”, esa era nuestro código, no era necesario un “Hola”, ninguna especie de saludo solemne, ni de una introducción innecesaria, siempre hablábamos, no solamente una vez al día sino las veces que resultasen necesarias, no teníamos límites. Aunque hace ya algunas semanas el trabajo y nuestras diversas actividades no nos dejan libres para ese cafecito por la noche.

Ella me contestó con un: “¿Qué haces?”, -bien-, le contesté, hablamos un poco y a la vez de nada, la conversación fluía; hasta que, como si el mundo se detuviera por unos segundos, pensé –algo esta sucediendo-, entonces le dije:
- Mafer, cuéntame que ha pasado.
- Nada, por qué –me incriminó Mafer inmediatamente con una voz temblorosa.
- Oye, te conozco como a mí misma, sé que hay algo que me tienes que contar – simplemente lo sabía, no puedo explicar esa sensación, eran punzadas que penetraban todo mi cuerpo,
- Sí, es cierto, tengo algo que contarte –me dijo con una voz más suave-. Las dos nos quedamos en silencio, yo no quería hablar quería que ella me contara qué estaba pasando. Hasta que me dijo: Sandra, he vuelto con Tito*.

Me quedé en silencio, ella buscaba una reacción, algún signo que demuestre aprobación o desaprobación, solo atiné a escucharla, a entenderla. Hasta que del contexto de nuestra conversación, ella muy sabiamente me dijo: Sandra, todos merecemos una Segunda Oportunidad…

Después de unos minutos, colgué el teléfono; no obstante, durante ese día y hasta el día de hoy pienso en las Segundas Oportunidades.

Creo que todos hemos tenido y hemos otorgado una Segunda Oportunidad, pero cuando alguien merece una Segunda Oportunidad?, cómo mides el arrepentimiento?, cuando reconoció su error?, qué?, entonces nos convertimos en determinados momentos de nuestras vidas en jueces y entes evaluadores de la conducta de nuestros amigos, familiares y parejas?

Es cierto que toda esta evaluación personal implica grados y niveles de perdón, pero en realidad existen esos niveles?, todas estas interrogantes han golpeado estos días el laberinto de mis pensamientos porque yo otorgue una Segunda Oportunidad alguna vez, aposté por alguien, que bueno por circunstancias de la vida no aprovecho en su totalidad la Segunda Oportunidad; pero el problema fue que yo nunca perdoné su error.

Es ahí donde nace mi confusión.

Este post responde a una catarsis personal.

* Por el bienestar de mis amigos, modifiqué los nombres reales de las personas.

sábado, 18 de abril de 2009

Descansa en paz ...

Y volvi a entrar a tu departamento, a ese espacio que me acogió muchos meses atrás. La ubicación de los muebles me resultaba familiar conocía el significado de las luces y de los sonidos que recorrían el ambiente.

Tu cama como siempre destendida, la lap top como siempre prendida con la música habitual y las ventanas abiertas para que el humo del cigarro encontrara su salida.

Nos sentamos y conversamos del presente, de las casualidades y del pasado que no nos vinculaba. Te miraba y tú sonreías, intentaba reconocerte de nuevo, saberte y olerte para entender y asimilar porque eras mi pasado, porque te había escogido en ese momento para compartir nuestras noches.

Simplemente hablabas y trataba que monopolizaras la conversación para convertirme en una simple espectadora. Quise hacerte preguntas, esas preguntas incomodas … ese que hubiera pasado si… pero simplemente no lo hice, no valía la pena.

Debo confesarte que por momentos, en ese pasado, confundí tus palabras y tus manías, pensé, no pierdes nada Sandra, solamente ganas compañía. Ahora luego de varios meses, ya no me pregunto lo mismo, ahora las cosas cambiaron, ahora me pregunto por qué lo hice, por qué te escogí o por qué abrí tu puerta.

No tengo respuestas, no puedo responder fue la soledad, sería absurdo, sería tonto, sería infantil.

Tus manos que intentaron calentarme en esos momentos ya no generan la mas mínima sensación ni en mi mente ni en mi cuerpo.

Las horas pasaron, por ahí también algunos cigarros y unas copas de vino. Tal vez pensaste –erróneamente- “creo que hoy es la noche”, no, te confundiste, las horas pasaban, yo no intentaba seducirte, ese no fue el plan, solo era conversar, sentí que te desesperabas querías más, no sabías qué hacer para conseguirlo.

Luego de tres horas, me levanté, tomé mi cartera. Dije –uy, es tarde, tengo que irme. Oye un gusto, hablamos otro día- Te deje sentado y no terminamos envueltos entre las sábanas .… te equivocaste.