
Abrí la puerta. Estabas inundado en tus lágrimas, traté de escucharte, pero tu voz resquebrajada no me dejaba descifrar el sentido de las oraciones, tu voz destrozaba el lenguaje y la comunicación entre nosotros era imposible… solo atiné a abrazarte a preguntarte que había sucedido…
Me miraste y tus ojos dibujaban la tristeza más profunda que nunca antes había presenciado. Sus labios se abrieron y un eco golpeó mi cabeza: “Mi papá acaba de fallecer”, no sabía que decir, no entendía que sucedía, estaba en un mundo paralelo, quería despertar de esa pesadilla…
Segundos más tarde reaccioné y entendí que era real la noticia, solo que no podía procesarla.
Ese día su papá me había tomado la mano justo cuando intentaba hacerme un chroripan, me miró y me dijo: “Sandrita, si yo hubiera tenido una hija mujer, definitivamente, hubiera sido como tú”. Lo miré y lo abracé como si fuera mi papá y le dije: “Tío, yo soy tu hija”.
Yo amaba al papá de Rafael, era el papá de un amigo de la infancia, pero su dulzura, su serenidad y su mirada, me hacían recordar a mi abuelo, mi Tío Carlos era bastante mayor y sentía que si mi abuelo viviera sería como él.
Hoy lo recuerdo como si fuera ayer, siempre sonriendo y leyendo a Borges los domingos por la tarde…